El mito del estudiante endeudado con el Estado
Aparece de vez en cuando este argumento sentimental, que si el Estado ha invertido más de 100.000 euros en mi educación le debo gratitud eterna.
Pero eso no es economía, es catecismo ideológico.
El Estado no invierte en ti como una empresa que arriesga su dinero esperando rentabilidad.
Redistribuye recursos que previamente recaudó de otros ciudadanos. Cada euro de esa educación pública salió de los impuestos de trabajadores, autónomos y empresas que ya contribuyeron antes de que tú nacieras.
La educación pública no es un favor, es un derecho garantizado por generaciones de contribuyentes. Y ese gasto no es deuda personal, lo devuelves cada día al consumir, trabajar y pagar impuestos.
Un recién licenciado empieza a tributar con el IVA de cada compra y con el IRPF de su primer sueldo. Si gana 1.500 euros netos, ya está devolviendo cerca de 700 euros mensuales en cargas directas e indirectas. En unos años, habrá devuelto con creces esos 112.000 euros.
Además, el Estado no te forma gratis, el gasto educativo en España ronda el 4,6 % del PIB, por debajo de la media europea (5 %), y gran parte se pierde en burocracia, no en mejorar aulas o sueldos docentes.
Menos del 1,5% del presupuesto nacional va a I+D+i, mientras se gastan miles de millones en duplicidades autonómicas, asesores y propaganda institucional.
La gratitud no puede ser servidumbre. Si el Estado gestiona mal el dinero de todos, el ciudadano tiene derecho a reclamar eficiencia sin que le acusen de ingrato.
Porque pagar impuestos no convierte a nadie en súbdito, sino en ciudadano del país.
El problema no es que algunos no valoren la educación pública. Es que otros la usan como chantaje emocional para justificar un Estado ineficiente que premia la obediencia y penaliza el mérito.
La deuda con España no se salda con sumisión, sino con responsabilidad, trabajo y exigencia moral hacia quienes administran lo que todos pagamos.
Texto: Salvador Cruz Quintana Visto aquí

